El Fuerte: cuando una ciudad nace de una frontera

Hay ciudades cuyo nombre parece haber existido desde siempre. Se pronuncia tantas veces que termina perdiéndose la pregunta más elemental: ¿por qué se llama así?

El Fuerte, en el norte de Sinaloa, es una de ellas.

Detrás del nombre no hay solamente una referencia geográfica. Hay una fortificación, una frontera convulsa y un momento de la historia en que el territorio sinaloense formaba parte de un proceso mucho más amplio —y también violento— de expansión del dominio colonial español hacia el septentrión novohispano.

El punto de partida para esta columna es el trabajo publicado por Carlos Julio Miranda, quien reconstruye la historia del Fuerte de Montesclaros a partir de fuentes documentales coloniales y señala como referencia los Apuntes para la historia de la Nueva Vizcaya, de Atanacio G. Sarabia, además de las referencias históricas incorporadas en su propia narrativa.

Y hay algo particularmente interesante en ese trabajo: obliga a mirar el origen de El Fuerte no desde la ciudad que conocemos hoy, sino desde la frontera que existía entonces.

Antes de la ciudad estuvo la necesidad de controlar el territorio

Carlos Julio Miranda sitúa la historia en el contexto de la provincia de Sinaloa y la Nueva Vizcaya, cuando Francisco de Urdiñola se desplazó hacia estas tierras después de la pacificación de los acaxees.

Según los datos que Miranda recupera en su publicación, las fuentes de la época describían una provincia con miles de indígenas distribuidos en numerosos pueblos, presencia religiosa y española, pero con una capacidad militar que hoy puede parecernos sorprendentemente pequeña: una guarnición de apenas 24 soldados en el presidio de la villa de San Felipe y Santiago.

Ese dato permite dimensionar algo importante.

Aquello no era todavía un territorio organizado como hoy entendemos a Sinaloa. Era una extensa frontera colonial donde coexistían pueblos originarios, misiones, asentamientos españoles y fuerzas militares que intentaban asegurar el avance y permanencia del poder novohispano.

Por eso el fuerte no puede entenderse simplemente como una construcción.

Era una pieza de control territorial.

Una fortaleza que terminaría dando nombre al territorio

Miranda documenta que existía previamente un puesto establecido en 1595 por Alonso Díaz, pero que posteriormente se consideró necesaria una fortificación de mayor importancia.

Así surgiría el Fuerte de Montesclaros.

De acuerdo con la reconstrucción presentada por el autor, la obra fue levantada por disposición vinculada con el virrey cuyo título nobiliario terminaría dándole nombre. La fortificación se estableció a orillas del río y, según esta narrativa histórica, el propio cauce terminaría siendo conocido precisamente por la presencia del fuerte.

La secuencia resulta fascinante:

primero la necesidad militar;

después la fortificación;

luego el nombre asociado al territorio;

y, con el paso de los siglos, una identidad que sobrevivió a las razones originales que dieron nacimiento a aquella construcción.

Hoy decimos El Fuerte y pensamos en un municipio, una ciudad, arquitectura, historia, turismo y cultura.

Pero detrás de esas dos palabras permanece la memoria de una frontera.

Las murallas cuentan otra historia

Uno de los pasajes más visuales del trabajo de Carlos Julio Miranda es la descripción de la fortaleza que atribuye a las fuentes históricas consultadas.

Se habla de una construcción de planta cuadrada, murallas de considerable espesor y torreones en sus cuatro ángulos.

No eran detalles ornamentales.

Cada elemento respondía a una función defensiva: observar, resistir y proteger.

Y aquí vale la pena detenernos, porque la arquitectura también puede funcionar como documento histórico.

Una muralla gruesa habla de aquello que se temía.

Un torreón habla de aquello que debía vigilarse.

Una guarnición habla de un territorio que alguien consideraba necesario defender y controlar.

Por eso conocer cómo estaba construido el Fuerte de Montesclaros permite aproximarnos también a las tensiones de aquella época.

La palabra “pacificación” merece contexto

Existe, además, una consideración indispensable cuando observamos estos acontecimientos desde el presente.

Las fuentes coloniales utilizaron con frecuencia conceptos como “pacificación”, “naturales alzados”, conquista o reducción para describir procesos mediante los cuales la Corona española extendía su autoridad sobre territorios habitados por pueblos indígenas.

Es el lenguaje documental de aquella época, pero no necesariamente debe ser adoptado hoy sin explicación.

Detrás de esa terminología existieron conflictos, resistencia indígena, evangelización, desplazamientos, negociaciones, alianzas y procesos de sometimiento que forman parte de una historia mucho más compleja que la simple construcción de una fortaleza.

Reconocerlo no significa reescribir el pasado.

Significa leer las fuentes históricas con los ojos abiertos.

Mucho más que una fecha de fundación

Tal vez ahí se encuentre lo más valioso de recuperar historias como la difundida por Carlos Julio Miranda.

Con frecuencia reducimos la historia de nuestras ciudades a una fecha, un fundador y una ceremonia.

Pero los territorios rara vez nacen en un solo día.

Se forman mediante procesos.

El Fuerte es un buen ejemplo.

Antes del municipio existió una frontera. Antes de la ciudad hubo comunidades indígenas, misiones, expediciones y presencia militar. Antes de convertirse en patrimonio y memoria, aquella fortificación tuvo una función concreta dentro del proyecto colonial de su tiempo.

Y después ocurrió algo que ningún gobernador, militar o virrey podía prever:

el fuerte desapareció como necesidad militar, pero su nombre sobrevivió.

Sobrevivió en el río.

Sobrevivió en el territorio.

Sobrevivió en la ciudad.

Y terminó formando parte de la identidad de generaciones de sinaloenses que probablemente nunca han visto una muralla del antiguo Fuerte de Montesclaros.

Quizá por eso estudiar la historia local resulta mucho más importante de lo que parece.

Porque los nombres que utilizamos todos los días son pequeñas cápsulas de memoria.

Y algunas veces basta preguntarnos por qué un lugar se llama como se llama para descubrir que debajo de nuestros pueblos y ciudades existen siglos enteros esperando ser contados.


Crédito y fuente de partida

Esta columna fue desarrollada a partir del trabajo histórico publicado por Carlos Julio Miranda, a quien corresponde la recopilación y exposición que dio origen a esta reflexión. Su publicación señala como fuente Apuntes para la historia de la Nueva Vizcaya, de Atanacio G. Sarabia (1978).

Recomiendo consultar directamente la publicación original y seguir el trabajo de Carlos Julio Miranda, ya que contiene el desarrollo histórico que sirvió como punto de partida y elementos que necesariamente quedan fuera de esta columna.

Autor original: Carlos Julio Miranda
Trabajo: Crónica de la Provincia de Sinaloa y la fundación del Fuerte de Montesclaros
Perfil y publicación original: Carlos Julio Miranda en Facebook.




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