MAZATLÁN, SIN.- Es la imagen de la impotencia, la postal de la negligencia repetida año tras año. Con las lluvias de la Tormenta «Raymond», el crucero de la avenida Juan Carrasco y la calle Gutiérrez Nájera volvió a quedar bajo el agua, convirtiéndose en un río intransitable que arrastra no solo vehículos, sino también las promesas incumplidas y las inversiones millonarias de sucesivas administraciones municipales.
Lo que hace diferente a la inundación de este año no es el agua, sino el amargo sabor del fracaso. Apenas hace unos meses, autoridades municipales inauguraron con bombo y platillo un nuevo y costoso cárcamo de bombeo pluvial en la zona, presentado como la «solución definitiva» a un problema que ha afectado a comerciantes y ciudadanos por décadas. Hoy, la realidad ha ahogado el discurso oficial.
Un análisis cronológico de los últimos tres años demuestra un patrón sistemático: cada temporada de lluvias convierte este punto neurálgico del centro en una zona de desastre. Las administraciones han cambiado, los alcaldes han desfilado, pero el agua sigue subiendo.
Mientras las autoridades de la JUMAPAM y Obras Públicas atribuyen el nuevo colapso a la «basura» y a lluvias «atípicas» —el mismo pretexto de siempre—, la evidencia apunta a una verdad más profunda: una infraestructura de drenaje obsoleta, una planeación urbana deficiente y la incapacidad de ejecutar obras que realmente resuelvan los problemas estructurales.
La «solución millonaria» no fue más que un curita en una herida abierta. La inundación de la Juan Carrasco no es un desastre natural; es el monumento a la incompetencia gubernamental, un recordatorio anual de que en Mazatlán, a veces, la política es solo eso: hundirse en el mismo bache.









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